El niño del río

El niño del río

Leandro y Laura estaban casados desde hace varios años, pero estaban tristes porque no tenían hijos.
Un día de invierno, ya que el isleño estaba sentado junto a la ventana, vió a los niños de la otra orilla que jugaban en el río. Estaban muy divertidos chapoteando en el agua.
- Laura, ven a ver a estos niños. Ellos están alegres jugando en el agua. Ven, vamos a jugar a chapotear en el río también.
El isleño y su esposa entraron en el agua mientras los niños murmuraban y chillaban a la otra orilla.
- Leandro ya que no tenemos hijos, tengamos un niño de arena moldeado por nuestras manos.
- Es una buena idea, dijo el hombre.
Salió del río y comenzó a dar forma a un cuerpo pequeño, manos pequeñas, los pequeños pies. La mujer a su vez formó una pequeña cabeza y la puso sobre los hombros de la estatua de arena.
Un hombre que iba en canoa saludó a los niños que agitaban sus manos. Miró por un momento en silencio a la pareja de la otra orilla, y luego dijo:
- Que Dios los bendiga.
- Gracias, respondió Laura.
- Cualquier bendición siempre es bienvenida, respondió Leandro.
- ¿Qué están haciendo? -preguntó el vecino de la isla.
- Estamos creando un niño de arena, dijo Leandro. Y al hablar pasaba sus dedos por la nariz, el mentón, la boca y los ojos.
Unos minutos más tarde, el niño de arena había terminado y la pareja lomiró con admiración.
De repente se dieron cuenta de que la boca y los ojos estaban abiertos. Las mejillas y labios cambiaron de color, y unos pocos minutos después vieron la estatua de arena cobrando vida delante de ellos.
- ¿Quién sos? Leandro preguntó sorprendido al ver un niño en la estatua de arena que habían creado junto a su esposa.
- Soy el niño del río. Laura lo besó y que se puso a llorar de alegría.
- Somos tus papás, dijeron.
Los padres llevaron al niño del río a la casa y así empezó a crecer muy rápidamente.
Todas los niños llegaban a su playa para jugar con el muchacho encantador. El era muy bueno y muy bonito.
Tenía los ojos azules como el cielo, su cabello dorado era precioso, solamente sus mejillas no eran tan color de rosa como los de otros niños.
Pasó el otoño, el invierno y el niño crecía tan rápido que cuando el sol de la primavera llegó era tan grande como un niño de doce o trece años.
Siempre fue un niño alegre hasta que su mamá notó que estaba triste.
- Mi querido hijo, ¿por qué estás triste? ¿Estás enfermo?
- No, no estoy enfermo, mamá.
Los niños de la isla vinieron a buscarlo para llevarlo q jugar en el agua.
- Ven con nosotros, vamos al agua a jugar.
- Es una buena idea, pensó la madre. Salir de la casa a divertirse con sus amigos.
Leandro, el padre los miraba por la ventana.
- Ahora, se escuchó el grito de uno de los niños, a sambullirnos. Luego, otro grito.
Todas las chicos se miraron y se dieron cuenta de que el niño del río no estaba más allí.
- Amigo, ¿dónde estás? Gritaban los niños, buscando en vano encontrar a su amigo de la isla.
Todos los vecinos, los padres se unieron a los amigos buscando al niño del río.
Al llegar a la orilla donde los padres lo crearon con arena, una nube de color dorado se iba al cielo dejando un viento arenoso en el lugar.

 

1 comentario

  1. eva lucero de ortega

    Tuve un niño así, Bea. Pero era mi hermanito.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>